Las emociones son parte de nuestro vivir, cumplen un propósito fundamental de permitir navegar nuestro mundo externo. Vienen siendo las alarmas naturales del cuerpo. Nos van a alertar a eventos externos para dar lo mejor de nosotros. Como alarmas deben de ser incómodas para llamar la atención. Tal y como una alarma en la casa que nos alerta por el humo, por una persona que entró sin avisar. Va a ser alta, ruidosa, que moleste, que obliga a poner nuestra atención.
El problema es que en la cultura que vivimos se les enseña a no hacerles caso, a no mostrarlas y no hablar de ellas. Error craso, porque cuando hay una alteración en estas alarmas nos avisan de un padecimiento.
Vamos a dividirlas con el propósito de entender: básicas, sociales y complejas. Las básicas y sociales se activan solas; las complejas requieren de un trabajo para sentirlas.
Las emociones básicas son: dolor, hambre, sed, sueño, frío, calor, etc. En estas queda claro el propósito y qué acción se requiere para que cedan. Ejemplo: hambre — comer.
Las sociales son el enojo, la tristeza, la ansiedad, la culpa, la vergüenza. El enojo se activa cuando percibimos un obstáculo para nuestra persona y nos da la energía suficiente para resolverlo. La tristeza avisa de una pérdida y nos detiene para que la podamos elaborar y continuar con la vida. La frustración se activa cuando algo que estamos haciendo no sale bien, y da la energía para buscar alternativas. El miedo es bien conocido porque se activa y la reacción es pelear, correr o quedarse paralizado. La culpa se activa cuando rompemos una regla interior, y es lo suficientemente fuerte para evitar volver a romperla. La vergüenza aparece cuando se rompe una regla social: nos sonrojamos y buscamos evitarlo en el futuro. La ansiedad se activa cuando percibimos algo de cuidado para nuestra persona, y su propósito es anticipar para que estemos preparados cuando suceda.
Ignorar una emoción es como tapar con cinta la alarma de un detector de humo… y quedarse a ver si la casa se quema.
Las complejas son como el amor, los celos, la fe, etc.; hay que trabajarlas para sentirlas. Sé que aún faltan muchas por nombrar, como el sentir humillación, que viene siendo una forma exagerada de sentir vergüenza, ocasionada por otras personas con el propósito de causar un dolor profundo. Van a encontrar que la mayoría de las emociones no nombradas son variantes de las que mencionamos.
Las emociones no se "controlan" como dicen en redes o en cursos de superación. Se sienten, se atiende la causa… y se apagan solas. Resolverlas a tiempo deja alivio y puede llegar a alegría.
El problema viene cuando una emoción se queda encendida sin motivo, no aparece cuando debería, se dispara sin razón, se mantiene por un tiempo prolongado o no se activa. Estas alteraciones fuera de lo normal nos avisan de un padecimiento.
Ignorar una emoción es como tapar con cinta la alarma de un detector de humo… y quedarse a ver si la casa se quema.
Así que, la próxima vez que una emoción lo incomode, no la reprima: escúchela.
Ahora bien, saber que las emociones existen y avisan es solo el primer paso. El segundo es entender qué hacen una vez que están encendidas.